Metal y hueso, la belleza de un amor imperfecto


Metal y hueso, la belleza de un amor imperfecto

El amor puede ser muchas cosas: dolor, deseo, indiferencia, compasión, pero en el caso de Metal y hueso también puede ser amistad, complicidad, lealtad, fortaleza... En Metal y hueso amar es una consecuencia, un invento, un escape, pero también es el mejor motivo para encontrara el rumbo y seguir viviendo.

Uno piensa que cuando Stephanie (Marion Cotillard) sufre un terrible accidente a causa de una ballena, todo terminaría y empezaríamos a ver una historia de sufrimiento en la que la protagonista pierde todo interés en el futuro y que Ali (Matthias Schoenaerts), el protagonista, sería el repositorio de su coraje y frustración. Sin embargo, esta historia es una historia de amor cualquiera y al mismo tiempo es una historia de amor fuera de lo común: retorcida, dramática, honesta, cruda, porque así es en la vida real. Uno no va por la vida conquistando gente en los parques y enamorándose en los elevadores. Las personas se conocen por accidente y de pronto el universo decide que deben unirse y quererse porque embonan a la perfección con todo y sus defectos.

Stephanie es una entrenadora de orcas y Ali es un padre irresponsable que no puede permanecer más de una semana en mismo empleo y que abusa de quien se deje. Ambos coinciden en una discoteca; ella sufre un altercado, él la auxilia y la lleva a su casa, y tras dejarle su teléfono anotado en un pedazo de papel, se va para no volver a saber de ella hasta mucho tiempo después. Cuando se vuelven a ver, ella se encuentra en una silla de ruedas y ha pasado días sin bañarse. Efectivamente no es la misma chica sensual que se apareció en el antro luciendo un vestido entallado y mostrando sus lindas piernas. ¿Importa?

Ali y Stephanie comienzan a escribir una misma historia: se vuelven amigos, cómplices, amantes y aprenden a enfrentar la vida a su modo y a golpes. Aquí es donde de verdad comienza la historia, una historia narrada con gran elocuencia por Jacques Audiard, quien nos va guiando poco a poco hacia el interior de cada personaje; podemos saber qué están pensando, podemos sentir el latido de sus corazones, sabemos cuando están tristes, cuando están felices, cuando lloran y cuando el cuepo les duele, y sin embargo ellos no lo demuestran, pero no necesitamos ver sus rostros, esos rotros firmes, contraidos que enfrentan dramatismo pero que nunca lo convierten en melodrama.

El guion es un trabajo artesanal casi impecable, órganico; las actuaciones son sublimes, con una Marion Cotillard que, evidentemente, se siente más cómoda actuando en su idioma. La escenas de mayor impacto son tan hermosas que a uno se le olvidan los accidentes. Es en cada uno de los encuentros de Stephanie y Ali en la oscuridad de un cuarto, que nos damos cuenta que el amor es bello en todas sus formas, sin importar sus imperfecciones, sin importar lo dañado que se encuentre el corazón. No es necesario exagerar con los besos, no hay que decir te amo todo el tiempo, solo hay que estar...

Metal y hueso es una cinta delciosamente agonizante, una película que se sufre, pero que también se disfruta, así, igualito que el amor.